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4 de abril de 2019 — Nuestro mundo nunca ha tenido tanta necesidad de que pacificadores y quienes construyen puentes de hermandad repitan las hermosas palabras del Papa Francisco; aún más luego de los terribles ataques contra dos mezquitas en la ciudad de Christchurch, Nueva Zelanda. Pero también después de varios ataques contra comunidades cristianas, desde Nigeria hasta Filipinas. Condenando enérgicamente todos estos ataques, el Papa invitó a los cristianos a rezar por las víctimas musulmanas de los ataques de Christchurch, lo hizo haciendo un llamado a la humanidad a que ponga fin a la persecución de los cristianos martirizados en todo el mundo.

Ante los ojos del Papa, la solución a estas tensiones interreligiosas radica en el diálogo y la diplomacia, no en la lucha armada. No hay necesidad de decir que él está comprometido con la paz, ya sea entre Cuba y Estados Unidos, entre Rusia y Ucrania, o entre Israel y Palestina. Además de sus numerosas visitas oficiales al mundo árabe-musulmán donde abogó por la paz y el diálogo interreligioso. Su viaje más reciente a Marruecos dice mucho sobre este tema, ya que Francisco llamó una vez más al diálogo y la fraternidad entre las tres religiones abrahámicas (Judaísmo, Cristianismo, Islam), la única forma de superar el odio y la división. Durante este viaje tuvieron lugar grandes momentos de comunión espiritual, incluyendo este concierto de la Orquesta Sinfónica de Marruecos. Se cantaron al unísono oraciones Musulmanas (Allahu akbar), Judías (Adonai) y Cristianas (Ave María):

El diálogo interreligioso tiene una larga historia en la vida de la Compañía de Jesús. Los Jesuitas son de hecho diferentes de algunos de sus cohermanos misioneros en que en ocasiones han practicado la inculturación del Cristianismo de una manera radical. También se han destacado por su deseo de comprender mejor la cultura y el universo religioso de los pueblos que (ciertamente) estaban tratando de evangelizar.

Esta tradición de inculturación también se ha combinado con un deseo de romper con la actitud despectiva e intolerante de la Iglesia de antaño hacia las tradiciones religiosas no Católicas y no Cristianas, particularmente los Judíos, y más aún después de la Shoah. La época del Concilio Vaticano II fue esencial para rechazar estas actitudes despectivas y mortales. Además del compromiso personal del Papa Juan XXIII con la delicada cuestión de la lucha contra el antijudaísmo y el antisemitismo católicos, vale la pena señalar el papel decisivo de dos Jesuitas en la elaboración de la Declaración del Vaticano II Nostra Aetate: Cardenal Augustin Bea SJ y el teólogo John Courtney Murray SJ. A lo que también se puede agregar el teólogo canadiense Gregory Baum, quien, aunque no era un Jesuita, jugó un papel clave en el desarrollo de este texto fundador.

Como promotor del diálogo Judeocristiano en Canadá, nuestro difunto compañero Stéphane Valiquette es también un ilustre representante de esta tradición de diálogo interreligioso. Al igual que el Jesuita italiano Paolo dall’Oglio, promotor del diálogo islámico-cristiano y fundador del monasterio de Mar Moussa en Siria; y el Padre Frans van der Lugt, quien vivió este compromiso con la paz y el diálogo hasta el martirio.