Historias

Celebrar el Tiempo de la Creación

Para Cecilia Calvo

Al reunirnos en oración en medio de la pandemia de COVID-19, recordamos nuestra fragilidad, cuán interdependientes somos de nuestra Madre Tierra y de los demás. Tenemos una Madre Tierra. Un Creador. Una familia humana. Todos estamos unidos en esta única casa común que nos nutre y sostiene. Como nos recuerda el Papa Francisco en Laudato si’: “Todo está conectado” (LS § 138). 

“El universo se desarrolla en Dios, que lo llena todo” (LS § 233). A través de la gracia y el don de la creación de Dios, todos estamos conectados. Respiramos el mismo aire y bebemos la misma agua. Estos preciosos recursos provienen de los pulmones de nuestro planeta: el Amazonas, la cuenca del Congo, los bosques asiáticos y boreales. Su belleza y diversidad representan un «misterio sagrado» y «un espacio donde Dios mismo se muestra« (QA § 5, 57). Hoy, en nuestro mundo herido, estamos luchando por respirar. Hemos interrumpido el equilibrio entre Dios, la creación y la humanidad, y estamos experimentando las consecuencias de esa falta de armonía. El cambio climático, las prácticas mineras irresponsables, la sobreproducción impulsada por el consumo, dar predilección al PBI sobre el desarrollo humano, son sólo manifestaciones de esta disrupción. Las comunidades vulnerables (niños, ancianos, indígenas, migrantes) son las más expuestas a esta crisis socioambiental. 

Los pulmones de nuestro mundo, como el Amazonas y la Cuenca del Congo, están literal y figurativamente en llamas. En estos biomas esenciales vemos la destrucción ambiental y la pérdida de la “riqueza humana, social y cultural” causada por una mentalidad de explotación. 

La Madre Tierra nos habla a través de la creación de Dios, ¿estamos escuchando su grito, «el clamor de la tierra como el clamor de los pobres?» (LS § 49). ¿Estamos escuchando el clamor de los pueblos indígenas y locales de estos biomas esenciales cuando nos dicen cómo su cultura, tierra, sustento y derechos humanos están amenazados por la destrucción ecológica? 

Nosotros, en todo el mundo, estamos conectados con este sufrimiento, pero podemos alejarnos de esa cultura del descarte hacia una cultura de solidaridad. Porque lo sabemos, necesitamos un nuevo camino a seguir. Juntos podemos visualizar un nuevo futuro en armonía unos con otros y con la creación. 

El Papa Francisco nos llama a ver al medio ambiente como nuestra “casa (LS § 13). Pide a la Iglesia y a todas las personas que se unan a los pueblos originarios, que respeten sus culturas, y escuchen y aprendan de su sabiduría y reverencia por la creación. Busquemos su ejemplo de “buen vivir”, que exige “vivir en armonía con uno mismo, con la naturaleza, con el ser humano y con el Ser Supremo… Aquí no hay excluidos ni quien excluya, hay… una vida plena para todos” que es posible (DF § 9). 

Para sanar nuestra relación con la creación y caminar con los más vulnerables, primero debemos estar abiertos al aliento de vida dentro de nosotros: el Espíritu Santo. El Señor Resucitado celebra su victoria sobre el pecado y la muerte creando de nuevo a la humanidad a través del Espíritu Santo (Juan 20, 22:23), su aliento de vida. Debemos renovar nuestra relación con la creación a través del aliento de vida dentro de nosotros y la conversión ecológica. 

Este cambio interior de corazón puede inspirarnos un sentido de responsabilidad y acción por nuestro hogar común. Esto puede motivarnos a todos a comprometernos a vivir estilos de vida más simples, reducir nuestro consumo y abogar por políticas y prácticas justas que crearán un cambio estructural, las cuales nos llevarán hacia un desarrollo sostenible que ponga a las personas y la tierra al centro. 

 Podemos elegir un nuevo camino hacia adelante, abrazando nuestra unidad y diversidad, y respirando juntos desde nuestras ciudades, bosques y mares. 

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