Historias

Estaba acomodándome en el sofá con mi café para reflexionar sobre un pasaje del Evangelio cuando escuché: «Mami, ¿puedo tomar un poco más de leche?». Ni bien termino de sentarme, otra vocecita interviene, ansiosa por mostrarme su progreso en un juego. Esta es la hora santa ruidosa, salpicada de risas y de la banda sonora de dibujos animados. Esta hora es la mejor de mi día.

Spiritual Exercises

Esto es parte de un retiro de nueve meses en la vida cotidiana con los Ejercicios Espirituales de San Ignacio. Los Ejercicios, formulados originalmente en el siglo XVI, están organizados en cuatro movimientos de meditación y contemplación sobre la vida de Jesús y la relación del participante con Dios. Inicialmente llamados “el largo retiro”, los Ejercicios se realizaron durante un período de 30 días de silencio y soledad. Sin ruidos, sin interrupciones. Sin embargo, San Ignacio se dio cuenta de que no todos tenían 30 días libres, por lo que creó la anotación 19, una versión de los Ejercicios que abarca la mayor parte de un año y se conoce como un retiro en la vida diaria.

Como madre de niños pequeños, acostumbrada a reorganizar mi horario para adaptarlo a las necesidades de mis hijos, desde hace mucho tiempo aprecio la flexibilidad de San Ignacio. Pero ahora que el trabajo y las rutinas diarias de todos se han visto trastocados por la pandemia de la COVID-19, encuentro cada vez más razones para apreciar la sabiduría del hombre en el que he llegado a pensar como el santo patrón de la flexibilidad.

Por lo general, este retiro en la vida cotidiana ofrecido por mi Centro de Espiritualidad Ignaciana local, se llevaría a cabo en persona, con retiros matutinos mensuales complementados con reuniones con un director espiritual en una oficina tranquila, velas encendidas y arte sacro para establecer el estado de ánimo contemplativo. Pero este año los retiros y la dirección espiritual se realizan a través de Zoom, y los realizo desde mi oficina, que también es mi clóset. Mi hora de oración diaria no se lleva a cabo durante la tranquila pausa de la mañana cuando mis hijos están en la escuela, sino en su presencia, ya que están aprendiendo en casa.

Honestamente, no sabía si podría lograrlo. ¿Cómo iba a entrar en un espacio sagrado en medio de todo el caos y el ruido de mi vida diaria? ¿Cómo iba a concentrarme en Dios con tantas interrupciones?

Tengo que imaginarme a San Ignacio sonriendo. ¿Qué mejor lugar para descubrir los cimientos de la espiritualidad ignaciana, que están precisamente en las obligaciones de nuestra vida cotidiana donde Dios nos encuentra? En el doblado de la ropa, Dios está presente. En el lavado de los platos, Dios está presente. En las voces de mis hijos, Dios está presente. Al crear la anotación 19, San Ignacio allanó el camino para que adaptemos la forma en que encajamos la oración en nuestras vidas ocupadas, pero también, quizás aún más importante, para reconocer que dondequiera que estemos y lo que sea que encontremos en nuestra vida diaria, Dios está ya ahí.
Durante el segundo movimiento de los Ejercicios, enfocamos nuestro lente contemplativo en los eventos de la vida de Jesús, comenzando con la Natividad. Cuando entré en una meditación guiada sobre esa escena sagrada con mi director espiritual, me llamó la atención algo que nunca antes había notado: el ruido de la natividad. Escuché el ajetreo y el bullicio de una ciudad llena de gente que se registraba para el censo: gritos y pisadas, la versión antigua de un embotellamiento permanente. En el establo oí el rebuzno de los burros, mezclado con el mugido ocasional de una vaca o el balido de una oveja. Por primera vez registré la interrupción de los pastores alegres y de los reyes magos, extraños a María y José, pero protagonistas vitales de este santo acontecimiento.

(CNS)

Estamos acostumbrados a pensar en la natividad como serena y silenciosa, como dice el entrañable villancico, pero el ruido y las interrupciones tienen mucho que enseñarnos sobre el movimiento de Dios en nuestras propias vidas ocupadas. Cuando imagino la oración, pienso en el silencio, tal vez en una vela encendida o en flores perfumadas dispuestas ingeniosamente en una mesa que de otro modo estaría vacía, una escena perfectamente tranquila en la que Dios puede entrar. Pero lo que he aprendido en estos meses ruidosos en casa es que Dios habla con la misma claridad a través de las interrupciones, el ruido y el clamor de mi vida cotidiana como lo hace en un retiro tranquilo.

La próxima vez que se interrumpa su tiempo de oración o su rutina diaria, intente saludar la intrusión como si se tratara de un mago, de un pastor, del ruido de un animal en el establo, y no como algo que lo aleje de Dios, sino como algo que se suma a su experiencia con Dios. Trate de pensar en el ruido en su vida no como un obstáculo, sino como una puerta, una apertura a un nuevo camino, un nuevo punto de vista, donde puede ver un aspecto de la presencia de Dios en su vida que de otra manera no se habría perdido.

Aleluya por esas santas interrupciones. Aleluya por nuestro Dios de las sorpresas, que nos concede la libertad de ver lo sagrado en lo cotidiano.

Cameron BellmCameron Bellm es una escritora de oraciones, poemas y devocionales radicada en Seattle. Tras completar su doctorado en literatura rusa en la Universidad de California, Berkeley, cambió la vida académica por la vida contemplativa, informada por la espiritualidad ignaciana y la enseñanza social católica. Es autora de «A Consoling Embrace: Prayers for a Time of Pandemic» [Un abrazo consolador: Oraciones para un tiempo de pandemia] (23rd Publications, 2020). Cameron y su marido tienen dos hijos pequeños, y, afortunadamente, jugar con Legos a menudo alimenta su vida espiritual tanto como la lectura del leccionario. Puedes encontrarla en cameronbellm.com y en Instagram, @cameronbellm.

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